Prosperina Inostroza, exalumna y monitora de programa Wanaku de Sopraval: “Wanaku me permitió perfeccionar mi oficio y enseñar lo que aprendí durante toda mi vida”
El hilado ha formado parte de su historia y, a través de este programa, logró el reconocimiento a una vida dedicada a mantener viva esta tradición y enseñarla a nuevas generaciones.

A sus 78 años, Prosperina Inostroza mantiene vivo el oficio que conoció durante su infancia en Quebrada del Pobre en La Ligua: el hilado y el tejido de lana. Lo que comenzó como un aprendizaje espontáneo observando a su abuela Elvira, terminó convirtiéndose en una parte fundamental de su historia y en una experiencia que le permitió dejar su propia huella en el programa Wanaku de Sopraval.
Su vínculo con la lana comenzó cuando tenía apenas 7 años, recogiendo pequeños trozos de vellón de oveja que encontraba en el campo para lavarlos, hilarlos y luego tejerlos. Así confeccionó sus primeras calcetas a palillo, algo que aprendió de manera autodidacta y que, con los años se transformó en una herramienta para salir adelante.
Décadas más tarde, sus ganas de seguir aprendiendo la llevaron a ser parte del programa Wanaku de Sopraval. Aunque ya dominaba el hilado, quería ampliar sus conocimientos y aprender a utilizar la rueca. La oportunidad apareció casi por casualidad, cuando un día, mientras pasaba por la plaza de La Ligua, vio a una persona hilando. “Me animé a participar en el programa. Me inscribieron y en 2015 fui alumna. Aprendí rápido y al año siguiente me ofrecieron ser monitora y así enseñar a nuevas generaciones”, relata.
El programa, se desarrolla hace 20 años en La Ligua y tiene como propósito enseñar las técnicas del hilado en huso y rueca a través de talleres y fomentar el emprendimiento, contribuyendo a mantener vigente las tradiciones textiles de la comuna.
Para Prosperina, Wanaku significó mucho más que aprender una nueva técnica. Fue una oportunidad para perfeccionar un conocimiento que había construido durante toda su vida y poner en valor su trabajo, junto con descubrir que aquello que había aprendido por sí misma también podía ser compartido con otros. “Para mí fue una experiencia muy bonita porque conocí muchas personas, me hice de muchas amigas y me ayudó a seguir adelante”, cuenta.
Aunque las circunstancias de la vida la llevaron a dejar su labor como monitora, nunca abandonó la lana. Hoy, a sus 78 años continúa hilando y tejiendo, convencida de que este conocimiento debe transmitirse a las nuevas generaciones y orgullosa de sentir el reconocimiento por una vida dedicada a mantener viva esta tradición.




